No es para sorpresa de nadie que, en la era digital en la que nos encontramos inmersos, es cada vez más temprano el acceso a las pantallas. Pero, ¿a qué precio para el desarrollo infantil? Estoy completamente segura de que todos los que nos hallamos inmersos en esta lectura, cada día, nos encontramos con niños y niñas ensimismados mirando las pantallas de los móviles o tablets.
¿Somos realmente conscientes de lo perjudicial que puede ser?
Diversos estudios han demostrado que el juego vivencial, en el que los niños y niñas tienen una exploración activa, interactúan con el entorno y desarrollan su creatividad, es básico y fundamental para un bienestar a nivel emocional y físico.
El psicólogo Jean Piaget (1951) ya nos hablaba de la importancia del juego para el desarrollo cognitivo de los infantes, puesto que les ayuda a acomodar nuevas experiencias, fortaleciendo sus habilidades de resolución de conflictos y pensamiento crítico. Además, como bien sabemos, el juego desarrolla la motricidad fina y gruesa, y la socialización entre sus iguales. En un parque, jugando, están los mejores recuerdos que guardo de mi infancia.
Por otro lado, Catherine L’Ecuyer, doctorada en educación y psicología (2017), ya nos advierte acerca de la sobreexposición a pantallas en su libro Educar en el asombro, donde señala que el aprendizaje debe basarse en la experiencia directa con la realidad, no en estímulos artificiales. Nos propone replantear el aprendizaje como un viaje que nace desde el interior de la persona.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda que los niños y niñas menores de dos años no usen pantallas, y que entre los 2 y 5 años su uso sea mínimo y siempre supervisado. Pero además de limitar el tiempo frente a dispositivos, la OMS insiste en la importancia de incorporar movimiento y actividad física diaria. Para los niños y niñas entre 3 y 4 años, se aconsejan al menos 180 minutos de actividad física distribuidos a lo largo del día, y desde los 5 años, al menos 60 minutos de actividad moderada a vigorosa.
El cuerpo necesita moverse para desarrollarse, para integrarse con el entorno y con los demás. Saltar, correr, trepar, jugar libremente, no solo fortalece el cuerpo, sino también la mente y las emociones. El movimiento estimula la autonomía, la autoestima, la capacidad de resolver problemas y mejora la calidad del sueño.
En lugar de apostar por la pasividad que implica el consumo de pantallas, propiciemos espacios de juego libre, experiencias reales y actividades al aire libre. Es en el movimiento donde realmente se construye la infancia.