Siempre he pensado que la educación no solo sirve para aprender a leer, escribir o resolver ecuaciones, sino para algo mucho más profundo: construir quiénes somos. A lo largo de mi vida, tanto como estudiante como después en mi experiencia dentro de la propia docencia, he podido comprobar que la manera en la que nos enseñan, nos escuchan y nos corrigen deja una huella directa en nuestra personalidad. No hablo únicamente de conocimientos académicos, sino de valores, seguridad personal, forma de relacionarnos con los demás y manera de afrontar los problemas.
Recuerdo con claridad a mi profesor de lengua en el instituto. No era especialmente carismático, ni utilizaba métodos innovadores, pero tenía una cualidad que marcó a muchos de nosotros: nos trataba con respeto.
Cuando alguien se equivocaba al leer en voz alta o al escribir un texto, nunca ridiculizaba el error. Al contrario, decía: “Aquí venimos a equivocarnos para aprender”. Yo era un alumno bastante tímido, con miedo a participar por temor a quedar en evidencia. Gracias a ese clima de confianza, poco a poco empecé a levantar la mano, a expresar mis ideas y a aceptar que equivocarse no me hacía menos capaz.
Esa experiencia, aparentemente pequeña, influyó directamente en mi personalidad adulta: hoy me enfrento a situaciones nuevas con menos miedo al juicio y con mayor confianza en mí mismo.
Por otro lado, también me tocó vivir el caso contrario. En mi universidad , un docente utilizaba un estilo autoritario, basado en la corrección constante y la comparación entre alumnos. Las notas se leían en voz alta y los errores se convertían en motivo de burla indirecta. Durante ese curso me volví más inseguro, más callado y,sobre todo, más desconfiado. No solo aprendí menos contenido, sino que empecé a asociar el aprendizaje con ansiedad. Aquello me hizo comprender que la educación no es neutral: puede fortalecer o debilitar rasgos de la personalidad como la autoestima, la autonomía o la capacidad crítica.
Con el paso del tiempo he observado lo mismo en otras personas. Un antiguo compañero, al que siempre se le dio responsabilidad dentro del aula como organizar grupos, ayudar a otros estudiantes y tutorizar ejercicios, acabó desarrollando una personalidad abierta y de liderazgo. Hoy trabaja coordinando equipos y reconoce que en la escuela aprendió a comunicarse y a confiar en sus capacidades. En cambio, otro amigo, constantemente etiquetado como “problemático”, terminó creyéndose ese papel. No porque no pudiera aprender, sino porque el sistema educativo que vivió no supo ver más allá de su comportamiento.
Desde mi experiencia, la educación influye en la personalidad a través de tres elementos clave: el trato emocional, las expectativas y el ejemplo. Cuando un docente transmite respeto, paciencia y coherencia, no solo enseña una asignatura, sino una forma de estar en el mundo. Cuando se espera que un alumno sea capaz, responsable y valioso, ese alumno acaba incorporando esas cualidades a su identidad. Y cuando se muestra con el propio comportamiento cómo resolver conflictos, escuchar al otro o admitir errores, se está educando la personalidad de manera silenciosa pero poderosa.
No creo que la escuela sea el único espacio donde se forma la personalidad; la familia, los amigos y el contexto social también influyen. Sin embargo, sí considero que la educación formal tiene un impacto decisivo porque actúa durante etapas clave del desarrollo.
Lo que aprendemos sobre nosotros mismos en un aula: si somos capaces, si merecemos ser escuchados, si equivocarnos es parte del proceso, nos acompaña durante años.
Por eso, cuando pienso en educación, no pienso solo en contenidos, sino en personas. Educar no es llenar cabezas, sino ayudar a construir identidades. Y, desde mi propia historia, puedo afirmar que cada palabra de apoyo, cada gesto de respeto y cada oportunidad para crecer deja una marca que va mucho más allá de cualquier examen.
Antonio Manuel Moreno Martínez
Profesor Departamento de Educación
ONG Recicla-Alicante