Educando desde la diversidad

Ser docente nunca ha sido para mí solo una profesión, sino que es una forma de entender la vida. A lo largo de mi pequeña trayectoria como maestra de Educación Infantil, Primaria, Pedagogía Terapéutica y Audición y Lenguaje, he aprendido que la educación no puede medirse únicamente por contenidos, exámenes o resultados académicos. Educar va más allá, es acompañar, escuchar y creer en cada alumno, incluso cuando ellos aún no creen en sí mismos.

Mis primeros años en Educación Infantil me enseñaron la base de todo aprendizaje: el afecto y la confianza. En esas aulas llenas de colores, juegos y miradas curiosas comprendí que un niño aprende mejor cuando se siente seguro, valorado y querido. Cada pequeño avance —una palabra nueva, una rutina adquirida, una emoción expresada— es un gran logro que merece ser celebrado.

En Educación Primaria descubrí la importancia de guiar y motivar. Los alumnos comienzan a construir su identidad, compararse con los demás y cuestionarse sus propias capacidades. Como docente, entendí que mi papel no era solo explicar, sino despertar el interés por aprender y mostrarles que equivocarse forma parte del proceso. Muchas veces, una palabra de ánimo o una mirada de confianza tiene más impacto que cualquier explicación teórica.

Mi labor como profesora de Pedagogía Terapéutica y Audición y Lenguaje ha marcado profundamente mi manera de enseñar. Trabajar con alumnos con necesidades educativas especiales me ha enseñado que no todos aprenden al mismo ritmo ni de la misma forma, y que la diversidad no es un problema, sino una riqueza. Cada pequeño progreso, aunque a veces invisible para otros, es fruto de un gran esfuerzo compartido entre alumno, familia y escuela.

He aprendido a tener paciencia, a adaptar, a observar más y hablar menos. A entender que detrás de una dificultad hay una historia, una emoción o una barrera que necesita ser comprendida antes de ser corregida. Estos alumnos me han enseñado que la verdadera inclusión no se logra solo con recursos, sino con empatía y compromiso.

Después de todos estos años, sigo creyendo firmemente en el poder transformador de la educación. Ser docente es sembrar, aunque no siempre veamos los frutos de inmediato. Es confiar en que lo que hacemos hoy dejará huella mañana. Educar no es moldear, sino acompañar a cada alumno en su propio camino, respetando sus tiempos, capacidades y sueños.

Porque enseñar no es solo transmitir conocimientos, sino ayudar a crecer como personas. Y ese es, sin duda, el mayor privilegio de mi profesión.

Alba Castaño Serrano
Profesora Departamento de Educación
ONG Recicla-Alicante

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