Una reflexión en primera persona sobre la fecha que nos obliga a no apartar la mirada
Cada vez que llega el 4 de junio, siento que el calendario me sacude el hombro con fuerza. No con suavidad. Me obliga a dejar de hacer lo que estoy haciendo y a pensar en ellos: los niños que un día fueron heridos por quienes debían protegerlos, o simplemente por un mundo que no supo estar a su altura.
No es una fecha cómoda. Y creo que no debería serlo. El Día Internacional de los Niños Víctimas de Agresiones, proclamado por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1982, nació como respuesta al horror. A la imagen insoportable de niños en zonas de guerra, de menores maltratados en sus propios hogares, de infancias robadas en silencio. Fue una decisión simbólica y necesaria: nombrar lo innombrable, hacer visible lo que demasiadas veces permanece oculto.
«Cuando un niño es agredido, no solo se rompe su cuerpo o su espíritu. Se rompe su fe en el mundo. Y eso es lo más difícil de reconstruir.»
Me pregunto, a veces, qué pasa por la cabeza de esos pequeños. Qué vocabulario tiene un niño de cinco años para describir el miedo. Cómo explica a su maestra las marcas, o cómo aprende, demasiado pronto, que hay cosas que es mejor callar. Pienso en eso y se me hace un nudo en la garganta que no desaparece fácilmente.
Las cifras que no deberían existir
1 de 2 Niños sufren alguna forma de violencia antes de los 18 años
1.000 millones de MENORES afectados por violencia en el mundo cada año (OMS)
90%De los casos ocurre en el entorno familiar o de confianza
Cuando leo estas cifras, no las proceso como estadísticas. El proceso como niños. Uno a uno. Porque detrás de cada número hay una historia, una cara, un nombre que alguien conoce. Y muchas veces, un silencio que duró demasiado.
Lo que más me perturba no es solo la violencia en sí, sino el ecosistema de complicidad que permite que ocurra y se perpetúe. La vecina que escucha y no dice nada. El adulto que sospecha, pero mira hacia otro lado. La institución que prioriza el escándalo sobre la protección. Todos somos, en algún grado, responsables del mundo que construimos para los niños.
No es suficiente con conmoverse
He aprendido, y me ha costado, que la emoción sin acción es un lujo que las víctimas no pueden permitirse. Llorar frente a una noticia, compartirla en redes, indignarse durante un par de días… no cambia nada si al día siguiente seguimos sin hablar de educación afectiva en las escuelas, sin financiar los centros de atención a víctimas, sin exigir a nuestras representantes políticas reales de protección a la infancia.
«Cada niño que sobrevive a la agresión y logra reconstruirse es un milagro de resiliencia. Pero no deberíamos necesitar milagros. Deberíamos necesitar sistemas.»
También pienso en los supervivientes adultos que hoy cargan con esa mochila invisible. En quienes tardaron décadas en poder contarlo. En quienes todavía no pueden. En quienes decidieron que ayudar a otros era la única forma de darle sentido a lo que vivieron. Su valentía me parece una de las formas más puras de dignidad humana que existen.
Lo que podemos hacer, hoy
Esta fecha no existe para que nos sintamos bien por haberla recordado. Existe para que algo cambie. Y ese cambio empieza en lugares muy concretos: en la conversación con nuestros hijos sobre el respeto y los límites del cuerpo, en el apoyo a las organizaciones que trabajan sin descanso con infancia vulnerable, en la presión ciudadana para que los presupuestos públicos reflejen que los niños son una prioridad real, no retórica.
Si tienes niños cerca, habla con ellos. Enséñales que tienen derecho a decir que no, que su cuerpo les pertenece, que pueden confiar en los adultos correctos. Si conoces a un menor en situación de riesgo, actúa. En España puedes llamar al 116 111, el teléfono europeo de atención a la infancia, disponible las 24 horas.
Y si tú eres una persona que vivió algo así de pequeño: no tienes que estar bien todos los días. No tienes que haberlo superado en ningún plazo. Lo que viviste fue real, fue injusto, y mereces todo el apoyo del mundo para seguir adelante a tu ritmo.
Hoy, 4 de junio, me niego a apartar la mirada. Y espero, de todo corazón, que tú también.
Mauricio García Jorquera
Coordinador General
ONG Recicla-Alicante