Desde el primer momento en el que una persona se entera que porta un ser dentro de sí, empiezan sin lugar a duda las responsabilidades. ¿Lo haré bien? ¿Seré suficiente? ¿Podré darle todo lo que necesite? ¿Estaré a la altura? ¿Podré mantenerlo afectiva y/o económicamente?
Son algunas de las cuestiones que pasan por la cabeza (o deberían pasar) de alguien que se enfrenta a la mayor responsabilidad de su vida. Por que sí, dar vida y traer vida al mundo es y será la mayor responsabilidad que un ser racional pueda hacer frente.
No todos los seres humanos estamos capacitados para cargar con la responsabilidad de la crianza. Y no hablo de tan solo la crianza de proveer alimentos, ropa y un techo en el que cobijarse. Hablo de la crianza de proporcionar un hogar, de noches en vela por décimas de fiebre, de educar en todo en lo que la escuela no tiene competencia, de sentir como tuyo el dolor ajeno.
Está de más decir que a lo largo de la historia, son muchos los que han fracasado en esta labor, en la labor de criar personas autónomas, responsables, empáticas, resilientes y agradecidas. Vivir en la utopía en la que todos los seres humanos estemos definidos por esos adjetivos, evitaría tantos conflictos y atrocidades de las que estamos más que acostumbrados.
Durante todo mi periplo como profesional de lo social y como persona observadora del mundo, puedo decir casi al cien por ciento, que la responsabilidad de como acaba siendo una persona, es de quién lo ha criado (obviamente manteniendo salvedades en problemas físicos, mentales y médicos).
Los infantes no son culpables del lugar, de la familia o de las condiciones en las que les ha tocado nacer. Por ello, como sociedad, como comunidad, debemos al menos, tender la mano a esos pequeños y pequeñas que no han tenido tanta suerte, por que sí, lo que nos toca por nacimiento es pura suerte. Un padre presente, una madre que no haya ingerido alcohol mientras estaba embarazada, unos abuelos que se hayan hecho responsables de un embarazo adolescente, poder escapar de un hogar en el que caen bombas cada minuto, una entidad que haya solicitado un hogar provisional a una mujer embarazada sin hogar, es suerte.
Como adultos afectivamente responsables y que viven en comunidad, deberíamos mentalizarnos en cuidar, en igualar esa “suerte” de la que algunos menores carecen.
La infancia debe ser sagrada, deberíamos venerar la inocencia, la mirada de felicidad ante algo insignificante, la lentitud y la seguridad, la espontaneidad, la falta de vergüenza en muchas ocasiones y las ganas de jugar, de no tener preocupaciones y de querer, simplemente ser feliz.
En mi trabajo lo veo cada día: aquello que recibimos en los primeros años marca el camino del que seremos después. Por eso, cuidar la infancia no es solo acompañar un crecimiento; es proteger la posibilidad misma de que alguien llegue a ser. A veces la vida reparte suerte, pero siempre somos los adultos quienes decidimos si esa suerte se equilibra o se ignora. Y en esa elección se mide, realmente, nuestra humanidad.
Porque al final, la infancia no debería depender de la suerte, sino de la responsabilidad colectiva. Criar no es solo una tarea privada: es un acto de humanidad que nos compromete como sociedad. Que nunca se nos olvide que en cada niño y niña late un futuro entero. Y que somos nosotros, los adultos, quienes decidimos si ese futuro crece con luz… o con sombras.
Renata Zevallos Baretta
Trabajadora Social de la
ONG Recicla-Alicante