2017, hacía escasos meses que finalizaba mis estudios y que recibía mi título como graduada en Trabajo Social y no sabía hacia dónde enfocar mi rumbo.
¿Quién iba a contratar a una trabajadora social casi sin experiencia? ¿Quería yo empezar a trabajar en cualquier ámbito que no fuese el mío?
Necesitaba crecer, profesional y personalmente. Y había una cosa que me daba ambas opciones: EL VOLUNTARIADO.
Y en mi caso, el Voluntariado Europeo llegó a mí de manera inesperada, justo en un momento de mi vida en el que lo necesitaba.
Dos maletas, desconocimiento del idioma, miedos, ganas, alegría, tristeza, Portugal… y un año por delante para aprender, crecer y, sobre todo, ayudar y dar lo mejor de mí.
De los mejores momentos de mi vida los he pasado siendo voluntaria. Personas increíbles de todos los rincones de Europa las he conocido gracias al voluntariado. Asociaciones y personas que siempre van a formar parte de mi.
El voluntariado aporta una sensación de satisfacción, calidez y orgullo difícil de describir con palabras. No es solo “dar”, es recibir constantemente: aprendizajes, miradas nuevas, valores, historias que te cambian por dentro y te obligan a crecer como persona y como profesional.
Porque cuando acompañas a alguien en situación de vulnerabilidad, no solo estás ofreciendo apoyo: estás construyendo dignidad, esperanza y oportunidades. Estás siendo testigo de la resiliencia humana en su estado más puro. Y eso te transforma.
Ser voluntaria me enseñó que la intervención social no empieza en un despacho ni termina en un informe. Empieza en la escucha, en la paciencia, en entender que cada persona es mucho más que su situación. Me enseñó que no se trata de “salvar a nadie”, sino de caminar al lado. De sostener. De creer cuando la otra persona ya no puede hacerlo sola.
Volver de aquella experiencia no fue volver igual. Regresé siendo otra persona. Con más conciencia social, más sensibilidad, más compromiso y también con más rabia ante las injusticias que siguen existiendo. Pero una rabia sana, de esa que empuja a actuar, a implicarse, a no mirar hacia otro lado.
Hoy, como Trabajadora Social, sigo llevando conmigo todo lo que aprendí siendo voluntaria. Sigo creyendo firmemente en el poder transformador de las personas. En que una mano tendida a tiempo puede cambiar una vida. En que las pequeñas acciones tienen un impacto inmenso. Y en que el compromiso social no es una moda, es una responsabilidad.
El voluntariado no es solo una etapa, es una forma de mirar el mundo. Es entender que nadie se salva solo. Que todas y todos somos parte del problema… pero también de la solución.
Y si estás leyendo esto y tienes dudas, miedo o inseguridad, si no sabes por dónde empezar, si crees que no tienes mucho que ofrecer… déjame decirte algo: Siempre hay algo que aportar. Siempre hay alguien que te necesita. Y siempre hay una manera de cambiar realidades, aunque sea empezando por una.
El voluntariado no solo cambia vidas. También cambia la tuya.
Renata Zevallos Baretta
Trabajadora Social de la
ONG Recicla-Alicante