La infancia: donde todo comienza

“La cronología de la infancia no está hecha de líneas sino se sobresaltos” (Faciolince,2006)
La infancia es el origen de todo, es el escenario en que la vida comienza a tomar forma, donde la curiosidad se transforma en aprendizaje y donde cada experiencia deja una huella que acompaña a la persona durante toda su existencia. Es el tiempo en el que la mirada de un niño tiene la capacidad de transmitir un cariño inmerso, de conmover, de recordarnos aquello esencial que a veces los adultos olvidamos: que las cosas más valiosas no son las más grandes, sino las más auténticas.
En esta etapa tan decisiva surge una verdad luminosa al habitar la felicidad en el detalle más pequeño. Los niños y niñas nos enseñan, casi sin proponérselo, que un gesto sencillo puede tener un poder enorme. La forma en que se sorprenden ante una mínima novedad, como celebran un logro aparentemente insignificante o cómo buscan la seguridad en una mano adulta, nos devuelve a la idea de que el bienestar se teje en los detalles cotidianos.
La infancia es esa etapa donde disfrutamos intensamente de lo simple, donde no necesitamos grandes cosas para sentir plenitud, y es precisamente ahí donde radica su fuerza transformadora.
Pero la infancia no es solo una ventana hacia la felicidad; es un proceso profundo de construcción personal, donde los niños y niñas son capaces de luchar por lo que más quieren. Por ello, proteger la infancia significa mucho más que cubrir las necesidades básicas; significa crear entornos emocionales, seguros y libres de expectativas limitantes, donde cada niño sea capaz de descubrir el mundo por sí solo.
La infancia también es un recordatorio de humanidad. Nos enseña a valorar que cualquier acto, por pequeño que parezca, puede desencadenar en un cambio enorme. El apoyo constante, la escucha paciente, una palabra de ánimo, un gesto de respeto, puede convertirse en motores que impulsan a un niño a confiar en sus capacidades. No se trata de breves discursos, sino de pequeñas acciones repetidas cada día, esas que construyen seguridad, autoestima y resiliencia.
Pero sobre todo la infancia es una responsabilidad colectiva, donde cada niño y niña depende de la mirada adulta: de como les hablamos, de como les protegemos, de cómo los nombramos, de lo que es esperamos de ellos. Cómo recalca Malaguzzi “los niños tienen cien lenguajes”, y nuestra tarea no es apagar ninguno.
En definitiva, la infancia, significa ese lugar donde todo empieza y donde las decisiones adultas dejan huellas que duran toda la vida. Es el punto de partida desde el que se construye la autonomía la identidad y el futuro de cada persona.

Alejandra Robles Ortuño
Responsable del Departamento de Educación de la
ONG Recicla-Alicante

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