Son muchas las personas que acuden a nosotros en busca de ayuda. Una ayuda que la mayor parte de ocasiones trasciende lo económico. Esa ayuda que se camufla en solicitar alimentos, o tramitar una Renta Valenciana de Inserción nos deja entrever a nosotros como entidad una demanda de atención, un momento de calma y tranquilidad.
Una charla en la que no se juzgue, no se limite y no se intente ningunear ni menospreciar es con lo que nos encontramos en muchas ocasiones cuando una persona llega a nuestras dependencias.
El ritmo de vida frenético, el trabajo, las obligaciones del día a día, han hecho que como sociedad dejemos de lado lo realmente importante. Eso a lo que cuando llegamos a este mundo indefensos anhelamos con más ansia. Eso es un abrazo, una caricia, una mirada cómplice, algo o alguien que nos haga sentir hogar. Nos hemos olvidado del poder tan fuerte que cada uno de nosotros poseemos, el poder de ser hogar, pero sobre todo de transmitírselo a alguien.
¿Cuántas veces te has cruzado con alguien cabizbajo o mirada perdida? ¿Con alguien con lágrimas en los ojos? En ese momento, y sin saber ni como ni porque has esbozado una pequeña y hasta vergonzosa sonrisa que dice: “¡Ey, sea lo que sea, todo irá bien!” Eso que ha pasado es fruto de las llamadas neuronas espejo.
Estas diminutas pero grandes células son las responsables de la empatía, son las que nos permiten entender emociones ajenas. Nos ayudan a comprender e imitar, pero lo más importante son las que nos facilitan la conexión social. Gracias a ellas podemos formar relaciones sociales ya que nos permiten comprender mejor las emociones que otros están sintiendo y actuar de manera consonante fomentando así el sentimiento de conexión.
Los seres humanos estamos hechos para ser seres sociables, para relacionarnos e interactuar. Años y años de evolución nos han llevado al punto en el que nos encontramos hoy en día, a que tengamos el “superpoder” de ver a alguien y poder llegar a sentir y/o entender lo que le está sucediendo. Siglos de evolución que han llevado a perfeccionar nuestra maquinaria interna que estamos desaprovechando cuando no nos interesamos por el otro, cuando preferimos girar la cara cuando vemos a alguien llorar.
Así que no se que te parece a ti, lector, pero yo voy a seguir exprimiendo al máximo mis neuronas espejo.
Renata Zevallos Baretta
Trabajadora Social de la ONG Recicla Alicante