Las llamadas viejas metodologías, habitualmente encarnadas por la tradicional clase magistral, aun siendo hoy uno de los principales enfoques en el aula, han perdido espacio en favor de propuestas metodológicas más innovadoras y recientes. En los albores de la tercera década del siglo XXI nos encontramos con que todo tipo de estrategias de enseñanza-aprendizaje conviven en un mismo tiempo y espacio, y no resulta descabellado decir que ni las nuevas metodologías son tan novedosas, ni las tradicionales se encuentran tan desfasadas como podríamos imaginar.
El Aprendizaje Basado en Problemas (ABP) ya no es aquella metodología desconocida o intrépida que despertaba numerosos interrogantes años atrás. Desde su implantación y desarrollo en los años 1960 y 1970 en la Universidad de McMaster y su posterior expansión, muchos docentes se han preguntado si el Problem-Based Learning era válido para cualquier fase educativa, edad o nivel formativo, y con el tiempo, se han ido consolidando las diferentes respuestas a estas cuestiones. Ahora, esta metodología se utiliza desde la Educación Infantil hasta la enseñanza universitaria, y habitualmente con resultados muy positivos y satisfactorios.
Esta es una propuesta metodológica que tiene como objetivo que el aprendizaje este fundamentado en la resolución de una problemática que podría surgir en el día a día o en una situación real. Este principio universal del ABP se puede aplicar a todos los niveles educativos, dependiendo de la óptica y el nivel de detalle con el que se pretenda trabajar. Es por ello que este precepto está siempre presente cuando se utiliza esta metodología, independientemente de si se trata de estudiantes que se encuentren en el proceso profundizar en la adquisición de las habilidades propias de una profesión –como en la formación profesional o en la enseñanza universitaria –o, como es el caso, de adolescentes en Educación Secundaria, donde se deben desarrollar unas competencias clave que les servirán en su vida adulta como ciudadanos.
A pesar de parecer sencillo en su planteamiento inicial, este método de aprendizaje no consta únicamente de un problema que el alumnado debe resolver, sino que el propio estudiante debe protagonizar su proceso de aprendizaje, identificando sus propias necesidades y competencias a desarrollar, investigando cuanto crea conveniente para obtener la información necesaria y, finalmente, disponerse a resolver el problema. El profesor o profesora, en este proceso, ejerce de guía y su labor es fundamental a la hora de motivar a los y las estudiantes, especialmente si estos son adolescentes formándose en los institutos de Educación Secundaria. Así pues, se trata de un aprendizaje guiado por el docente, pero centrado en el alumnado, que debe autodirigir su proceso formativo. Éste debe desarrollarse en pequeños grupos – nunca de manera individualizada –, siguiendo unos roles específicos establecidos por el docente y que se adecúan a las capacidades propias de cada alumno o alumna. De este modo, no sólo se fomenta el trabajo cooperativo y el aprendizaje colaborativo, sino que también se potencian las cualidades individuales de los estudiantes.
Por otra parte, el alumnado de Secundaria que anteriormente componía los grupos del Programa de Mejora del Aprendizaje y el Rendimiento (PMAR) con la LOMCE ahora integra el Programa de Diversificación Curricular (PDC) en la nueva ley, la LOMLOE. No obstante, a pesar de las variaciones en la nomenclatura, el perfil del alumnado poco ha cambiado tras las novedades legislativas. En general, los alumnos y alumnas del PDC se caracterizan por tener un perfil no necesariamente disruptivo, pero sí que suelen presentar dificultades en el aprendizaje, en la atención y, en muchos casos, grados de absentismo elevados y situaciones familiares complejas.
Es por ello que el Aprendizaje Basado en Problemas es una metodología magnífica para aumentar la motivación y mejorar en el desarrollo de un aprendizaje significativo para alumnos y alumnas de estas características, que habitualmente, y por desgracia, se encuentran desmotivados, en muchos casos abandonados a su suerte, y faltos de atención en sus centros educativos. No es raro observar cómo estos alumnas y alumnas quedan desligados de muchos proyectos, y son ellos más que nadie los que necesitan sentirse valorados como miembros necesarios de la sociedad que estamos construyendo.
Este enfoque es una de esas herramientas que nos permite acercarlo a esa realidad. Conseguimos poner el protagonismo en las manos de los y las estudiantes, que deben asumir distintos roles, desarrollarse en grupos y de manera cooperativa en cada uno de sus proyectos. En mi experiencia, las dinámicas propias del ABP y el trabajo colaborativo en pequeños equipos sientan bien a la convivencia en el aula y al trabajo diario del alumnado de PDC, que suele mostrarse algo más apático por lo general, y encuentran una motivación extra cuando ven que se deposita en ellos la confianza de resolver sus propios problemas.
Entonces, teniendo en cuenta todos estos factores, ¿cómo podríamos no considerar el Aprendizaje Basado en Problemas un método perfectamente compatible con el desarrollo del alumnado de Secundaria que más dificultades tiene para el aprendizaje? ¿Cómo no dar a ellos y ellas, los que más cuidados y atención necesitan – nuestros futuros ciudadanos y ciudadanas – nuestras mejores herramientas?
Ramón Enrique García Navarro – Profesor en ONG Recicla-Alicante.