5 de junio de 2026 Día Mundial del Medio Ambiente
No se trata de un día para celebrar la naturaleza. Se trata de un día para mirarnos al espejo.
Recuerdo la primera vez que vi una fotografía de un glaciar. Tenía doce años y estaba en un libro de ciencias que olía a papel viejo. El glaciar era enorme, brillante, casi arrogante en su solidez. Hoy, ese mismo glaciar —lo busqué hace poco— ha retrocedido varios kilómetros. La fotografía actual parece la de un enfermo terminal. Y yo, que la miro desde la pantalla de mi ordenador, me siento cómplice.
El Día Mundial del Medio Ambiente llega cada 5 de junio con la puntualidad de un compromiso que no cumplimos. Lo celebramos con hashtags, con campañas de concienciación, con promesas institucionales que se firman en salas con aire acondicionado a pleno rendimiento. Y luego, el 6 de junio, seguimos. Como si nada.
«No heredamos la tierra de nuestros ancestros, la tomamos prestada de nuestros hijos. Pero a este paso, no hay préstamo que se sostenga.»
No soy catastrofista por naturaleza. De hecho, me resisto activamente al pesimismo fácil que a veces usa la crisis climática como escenario de fondo para el nihilismo. Creo en la acción. Creo en la ciencia. Creo en las personas que se levantan a las cinco de la mañana para plantar árboles en laderas erosionadas, o las que pelean en juzgados por ríos que no pueden hablar por sí solos. Pero también sería deshonesto si no dijera que, a veces, la magnitud de lo que hemos hecho me aplasta.
Hemos calentado el planeta más de 1,2 grados desde la era preindustrial. Hemos perdido más del 60% de las poblaciones de fauna salvaje en menos de cincuenta años. Hemos convertido el océano en un vertedero de plástico que tardará siglos en degradarse. Y lo hemos hecho sabiendo. Eso es lo que más me pesa: lo hemos hecho sabiendo.
Hay algo profundamente extraño en la relación que mantenemos con el medioambiente. Lo necesitamos para vivir —literalmente, cada bocanada de aire, cada vaso de agua, cada alimento— y aun así lo tratamos como a un recurso inagotable, como a un almacén que siempre tendrá existencias. Como si la naturaleza fuera una cuenta bancaria en la que solo hay que ingresar de vez en cuando para poder seguir retirando sin límite.
«La inacción no es una postura neutral. Es una elección. Y sus consecuencias también son nuestras.»
Hoy, 5 de junio, quiero hacer algo distinto a lamentarme. Quiero preguntar: ¿qué es lo que realmente falta? Porque la información no falta. Los científicos llevan décadas gritando. Las soluciones tampoco faltan: energías renovables, agricultura regenerativa, movilidad sostenible, economía circular. Lo que falta, me temo, es voluntad política con músculo real, y una cultura que entienda que el bienestar colectivo —incluido el del planeta— no puede supeditarse indefinidamente al beneficio inmediato.
Y, sin embargo, hay brotes verdes —permítaseme el juego de palabras. Las emisiones globales de CO₂ empiezan a mostrar señales de estabilización en algunos sectores. Hay ciudades que se reinventan. Hay generaciones jóvenes que entienden instintivamente lo que a las anteriores nos costó décadas aprender: que no hay economía en un planeta muerto.
Así que este 5 de junio me quedo con eso. Con la incomodidad necesaria de saber que no hemos hecho suficiente, y con la determinación de que todavía podemos. No para «salvar el planeta» —el planeta sobrevivirá, somos nosotros quienes dependemos de él—, sino para estar a la altura de lo que significa ser la única especie que puede elegir su impacto.
Esa es la pregunta que me hago cada año. Y espero seguir haciéndomela, porque el día que deje de hacerla, será porque ya no queda nada que preguntar.
Mauricio García Jorquera
Coordinador General
ONG Recicla-Alicante