Cuando hablamos de discapacidad, solemos pensar en aquellas limitaciones que resultan visibles a simple vista. Sin embargo, existen realidades que pasan prácticamente desapercibidas para gran parte de la sociedad. La sordoceguera es una de ellas. Se trata de una discapacidad única que combina, en distintos grados, una pérdida significativa de la visión y de la audición, condicionando profundamente la forma en la que la persona se comunica, accede a la información, se orienta y participa en la vida cotidiana.
Precisamente porque muchas personas con sordoceguera conservan parcialmente alguno de estos sentidos, sus dificultades no siempre son evidentes. Esto provoca que, en numerosas ocasiones, sus necesidades pasen inadvertidas y no reciban los apoyos adecuados. No es que las barreras no existan, sino que la sociedad todavía no ha aprendido a identificarlas.
Por ello, resulta imprescindible avanzar hacia una mayor concienciación social. Comprender la sordoceguera implica aprender a mirar desde la perspectiva de quienes la viven cada día, entendiendo que tareas tan habituales como cruzar una calle, interpretar una señal, acudir a una consulta médica, realizar una compra o desplazarse por un edificio pueden convertirse en auténticos desafíos cuando el entorno no está adaptado.
La accesibilidad no debe entenderse como un privilegio, sino como un derecho. En este sentido, la señalización accesible adquiere un papel fundamental tanto en los centros educativos como en los espacios públicos. Para una persona con sordoceguera, disponer de carteles adaptados, información en relieve o braille, sistemas táctiles de orientación, pavimentos podotáctiles, balizas inteligentes o tecnologías accesibles supone lo mismo que para cualquier otra persona poder leer un cartel, reconocer una dirección o identificar un producto en un supermercado.
Algo tan cotidiano como distinguir un medicamento de otro, identificar un alimento o localizar una dependencia pública puede depender de que exista una correcta señalización accesible. Cuando esta falta, la autonomía personal disminuye y aumenta la dependencia de terceros para realizar actividades básicas de la vida diaria.
Los centros educativos representan uno de los escenarios donde esta accesibilidad cobra una mayor relevancia. Una señalización inclusiva facilita la orientación del alumnado con sordoceguera, favorece su autonomía y contribuye a crear una cultura de respeto hacia la diversidad desde edades tempranas. Al mismo tiempo, educa al resto del alumnado en valores como la empatía, la igualdad de oportunidades y la inclusión, formando ciudadanos más comprometidos con una sociedad para todas las personas.
Del mismo modo, nuestras ciudades deben evolucionar hacia un modelo de accesibilidad universal. Existen países que ya están dando pasos muy importantes en esta dirección. En algunas ciudades de China, por ejemplo, se está impulsando el desarrollo de tecnologías inteligentes, sistemas de guiado accesibles e infraestructuras adaptadas que buscan facilitar la movilidad y la participación de las personas con discapacidad sensorial. Estos avances demuestran que, cuando la planificación urbana se diseña pensando en las necesidades reales de la ciudadanía, es posible eliminar muchas de las barreras que durante años se han considerado inevitables.
No se trata únicamente de incorporar más tecnología o de cumplir una normativa. Se trata de cambiar la forma en la que concebimos nuestros espacios. Una sociedad verdaderamente inclusiva no espera a que una persona encuentre obstáculos para actuar; diseña desde el principio entornos que puedan ser utilizados por todos.
Cada adaptación, por pequeña que parezca, representa una oportunidad para fomentar la autonomía, la igualdad y la participación social. La inclusión comienza cuando dejamos de pensar únicamente en nuestras propias necesidades y empezamos a construir espacios donde todas las personas puedan desenvolverse con seguridad, dignidad e independencia.
Porque la verdadera accesibilidad no consiste únicamente en eliminar barreras físicas. También implica derribar las barreras invisibles del desconocimiento, la indiferencia y la falta de sensibilidad. Solo cuando aprendamos a mirar desde la realidad de quienes viven la sordoceguera podremos construir ciudades, centros educativos y comunidades donde nadie quede atrás.
Alejandra Robles Ortuño
Responsable Departamento de Educación
ONG Recicla-Alicante